Coleccionista de besos

Se originó acompañado de un breve sonido, con una función expresiva de afecto, saludo, sensibilidad y amor. Algunos fueron robados, otros provocados y muchos compartidos en una misma ilusión de respeto que hicieron de banda sonora para la mayoría de las historias pioneras en esta coordinación muscular que emana de un claro sentimiento de pasión y felicidad.

Fue una tarde de abril, en medio de una pandemia mundial cuando descubrió que su vida no tenía sentido sin los besos, pero… ¿qué tipo de besos?.

Durante todos sus años de vida había ido recopilando diferentes historias que habían marcado su camino para poder echar la vista atrás en cualquier momento y enmarcar aquellos retratos imprevistos en los que más había sonreído y tachar aquellos en los que su mueca de felicidad había sido demasiada forzada. La mayor parte de su tiempo libre lo dedicaba a recopilar en su mente esa colección de vivencias que le habían acompañado en el trascurso de su vida. Nunca se imaginó que de todo esto nacería ese afán y deseo por reunir lo que nadie antes se había planteado. Una colección sin objetos, sin espacios donde almacenarlos, sin sonidos producidos por el impacto de la presión de una piel con otra. Su mente desarrolló un foco sensitivo que iba mucho más allá de algo físico, provocando un estímulo sensorial encubierto en el conocimiento, la comunicación y el de las diferentes experiencias compartidas. Fue ahí cuando decidió convertirse en coleccionista de besos.

La mayoría de las colecciones son muy diversas, cuanto más tiempo pasa desde que se almacenan mayor valor tienen. A veces se venden, incluso se intercambian. Para ello es muy importante comprobar la veracidad de los mismos, para ver si su origen es real o no. En este caso, éste coleccionista atípico descubrió que la mayoría de los besos que tenía guardados y que provocaron algún sonido eran los que más le despertaban de esa realidad soñada. Nunca podría intercambiarlos ni venderlos, pero sí les servirían para que al recopilar otros nuevos nunca emitieran el mismo sonido. Con esta lección aprendida, descubrió que no necesitaba sus 34 músculos faciales ni sus 112 músculos posturales para encontrar el mejor beso de su colección, que hay muchos besos que se dan desde la distancia, sin presión carnal, y que llegan con más valor que ningún otro, en el momento en el que más se necesitan. Que aunque un beso compartido fluya y provoque esa liberación de adrenalina, los besos robados también pueden quemar de dos a tres calorías por minuto, y a veces, son muy necesarios.

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