El tránsito de una tormenta: Del caos a la calma

El resplandor más vivo llegaba intensamente a mis pupilas en forma de destello despertándome tembloroso ante la baja capacidad de reacción y control ante un fenómeno natural que anunciaba un peligro inminente. Esa sensación de malestar y preocupación se condensaba en mi cuerpo como el vapor de agua que contienen esas nubes, y que me trasportaban a una realidad controlada por el sonido provocado por esas partículas líquidas que penetran en mis tímpanos al caer al suelo,  como medidor del tiempo que marca el inicio de una tormenta pero que nunca sabes el final.

Es imposible mantener el sueño ante tanto caos meteorológico, mi cuerpo se mueve de un lado para otro al mismo ritmo que sopla ese movimiento en masa de aire según la presión atmosférica. La tensión muscular de mis hombros se traslada como si de un embudo se tratase hasta el cuello, el cuero cabelludo y la mandíbula, como esa onda de choque provocada por el rayo que calienta el aire que se mueve entre las nubes. Busco un apoyo para reconfortarme y solo encuentro el refugio de mi almohada que estrujo como vía de escape ante este miedo que me paraliza, me bloquea emocionalmente y me dificulta para disfrutar de ese ruido para los que muchos otros es un placer.

Durante este tiempo, he hecho frente a todos mis trastornos relacionados con esos fenómenos meteorológicos. Muchas veces, las cosas no dependen de nosotros y sólo afrontando la realidad de las mismas y su naturaleza, seremos capaces de engañar a ese estímulo al que después buscamos una respuesta. Ahora mi miedo ha dado un giro, y surge cuando no soy capaz de escuchar esos zumbidos, ese ruido que me recuerda que estoy vivo.

La lluvia sigue marcando el ritmo del tiempo que juega a mi favor, aunque el insomnio sigue presente ahora lo aprovecho para ejecutar la teoría de Séneca de la “premeditación de todos los males”, en la que medito sobre todos los pensamientos catastróficos sobre lo malo que me puede llegar a ocurrir, y una vez aceptados, mis miedos desaparecen. Los truenos me recuerdan que no siempre voy a tener el control de todo, que la incertidumbre también forma parte de la vida y que la mayor parte de las veces, lo mejor de la vida surge sin tener control sobre ello. Ya no me abrazo a la almohada, he aprendido que no hay que depender tanto de nuestro entorno. Los relámpagos me sirven para ampliar mi percepción de la realidad.

He conseguido que la tormenta me calme. Ahora mis miedos los pongo a mi lado y consigo diferenciarme de ellos, soy capaz de estar con ellos en el mismo espacio y los observo bien para saber como son. Ahora no dejo de hacer nada por su culpa.

<Que no pare la tormenta>

El tránsito de una tormenta: Del caos a la calma